
El tratado New START, firmado en 2010 entre Estados Unidos y Rusia, ha sido durante más de una década uno de los últimos pilares vigentes del control de armas nucleares entre las dos principales potencias atómicas del mundo. Su objetivo central ha sido limitar el número de ojivas nucleares estratégicas y los sistemas de lanzamiento, estableciendo mecanismos de verificación mutua para reducir el riesgo de una escalada descontrolada.
El acuerdo tenía una vigencia inicial de diez años y fue extendido en 2021 por cinco años adicionales, en uno de los últimos actos de cooperación estratégica entre Washington y Moscú. Esa prórroga expira el 5 de febrero, y hasta el momento no existe un marco formal que garantice una continuidad automática del régimen de límites nucleares una vez alcanzada esa fecha. Ante este escenario, el presidente ruso Vladímir Putin ha planteado la posibilidad de mantener de manera informal, por un año más, los límites actuales sobre misiles y ojivas nucleares.
La propuesta busca ganar tiempo para abrir negociaciones más amplias que permitan redefinir un nuevo esquema de control armamentístico en un contexto internacional mucho más fragmentado que el de hace una década. Desde Washington, sin embargo, no ha habido una respuesta concreta. La Casa Blanca se ha limitado a señalar que el presidente Donald Trump tomará decisiones sobre el futuro del control de armas nucleares conforme a su propio calendario, sin confirmar si existe disposición a aceptar una extensión temporal o iniciar negociaciones inmediatas. La falta de una posición clara ha sido interpretada en Moscú como una señal de incertidumbre estratégica.
Dmitry Medvedev, expresidente ruso y uno de los firmantes originales del tratado, ha descrito a Trump como un actor impredecible en materia de política exterior, aunque ha insistido en que Rusia está preparada para cualquier escenario que pueda desarrollarse tras la expiración del acuerdo. Trump, por su parte, ha reiterado públicamente que no está interesado en una simple prórroga de New START. Su postura es que el tratado debe ser reemplazado por un acuerdo “mejor”, más amplio y adaptado a la realidad geopolítica actual. En ese marco, ha vuelto a plantear su aspiración de avanzar hacia una “desnuclearización” global.
Esa visión, sin embargo, introduce un nuevo elemento de complejidad: China. La administración estadounidense considera que cualquier nuevo acuerdo estratégico debe incluir a Pekín, dado su creciente peso militar y tecnológico. Para Washington, mantener un sistema bilateral mientras China amplía sus capacidades sería un error estratégico. Desde Pekín, la respuesta ha sido clara. Las autoridades chinas rechazan integrarse a un tratado de este tipo, argumentando que su arsenal nuclear es significativamente menor que el de Estados Unidos y Rusia. En su visión, no existe simetría suficiente como para asumir compromisos equivalentes, al menos en esta etapa.
La posible desaparición de New START dejaría por primera vez en décadas a las dos mayores potencias nucleares sin un marco legal que limite y supervise sus arsenales estratégicos. Esto no implica necesariamente un aumento inmediato de armas, pero sí reduce la transparencia y eleva el nivel de desconfianza mutua. En un contexto global marcado por tensiones regionales, conflictos prolongados y una competencia creciente entre grandes potencias, el futuro del control nuclear vuelve a situarse en una zona de incertidumbre. Lo que ocurra tras la expiración de New START no solo afectará a Washington y Moscú, sino que tendrá implicaciones directas para la estabilidad estratégica global en los próximos años.