Japón y Estados Unidos realizaron una intervención coordinada en los mercados internacionales para detener la pronunciada caída del yen. La moneda japonesa había descendido hasta niveles no observados en aproximadamente cuatro décadas. La operación consistió en comprar grandes cantidades de yenes para aumentar su demanda y fortalecer su cotización. Tokio advirtió que podría tomar nuevas medidas si regresan los movimientos desordenados. La intervención se produjo después de que el yen se aproximara a las 164 unidades por dólar estadounidense. Tras conocerse la acción conjunta, la moneda japonesa recuperó terreno y llegó a cotizar cerca de 155 por dólar.

La reacción demostró la capacidad inmediata de ambos gobiernos para influir sobre los operadores financieros. Sin embargo, todavía existen dudas sobre cuánto tiempo podrá mantenerse esa recuperación. Japón pudo haber destinado alrededor de 36,580 millones de dólares a la compra de yenes durante la operación coordinada del viernes. Esa cantidad representa varios billones de yenes movilizados en apenas una jornada de negociación. El volumen exacto utilizado por Estados Unidos no ha sido revelado públicamente por sus autoridades.

Ambos países mantienen abierta la posibilidad de intervenir nuevamente si la moneda vuelve a debilitarse. La participación estadounidense incluyó una maniobra particularmente inusual dentro del mercado internacional de divisas. Washington habría vendido euros para adquirir yenes, evitando utilizar directamente sus reservas en dólares. Esta estrategia permitió respaldar la moneda japonesa sin enviar una señal favorable a una depreciación general del dólar. Una moneda estadounidense más débil podría elevar la inflación y complicar las decisiones de la Reserva Federal.

El presidente Donald Trump presentó la participación de Washington como una demostración de amistad con Japón. No obstante, detrás de esa cooperación también existen importantes intereses económicos y estratégicos para Estados Unidos. Un yen excesivamente débil vuelve más competitivos los productos japoneses frente a las mercancías estadounidenses. Esa ventaja cambiaria podría reducir el impacto de los aranceles aplicados por la administración Trump. La situación también preocupa a Washington por la enorme participación japonesa en el mercado de bonos estadounidenses.

Si Tokio necesitara vender grandes cantidades de esos activos para financiar futuras intervenciones, los rendimientos podrían aumentar considerablemente. Un incremento de esos rendimientos encarecería el crédito para empresas, consumidores y el propio Gobierno estadounidense. Evitar esa presión financiera constituye otro incentivo para apoyar directamente al yen. La debilidad de la moneda japonesa responde en parte a la diferencia entre las tasas de interés de ambos países. Los inversionistas han utilizado yenes con bajo costo financiero para adquirir activos estadounidenses que ofrecen rendimientos superiores.

Esa estrategia ha aumentado la demanda de dólares mientras intensifica las ventas de la moneda japonesa. El encarecimiento de la energía importada también ha agravado los desequilibrios económicos de Japón. Para los hogares japoneses, la caída del yen ha significado precios más elevados en combustibles, alimentos y numerosos productos importados. El conflicto alrededor de Irán y el estrecho de Ormuz ha incrementado todavía más los costos energéticos. Japón depende profundamente de las importaciones para satisfacer sus necesidades de petróleo y gas.

Por esa razón, proteger la moneda se ha convertido en una prioridad económica y política para Tokio. La última gran operación coordinada relacionada con Japón ocurrió después del terremoto, el tsunami y el desastre nuclear de Fukushima en 2011. En aquella ocasión, los países del G7 actuaron para debilitar un yen que se estaba fortaleciendo aceleradamente. La intervención actual persigue exactamente el objetivo contrario al comprar yenes para elevar su valor.

La comparación demuestra la excepcional gravedad que las autoridades atribuyen a la situación presente. La acción conjunta ofrece alivio inmediato, pero no elimina las causas estructurales que mantienen presionada a la moneda japonesa. Japón deberá revisar sus políticas monetarias, fiscales y energéticas para consolidar una recuperación duradera.

Estados Unidos continuará observando los efectos del yen sobre su inflación, sus exportaciones y el mercado de deuda. Esta intervención confirma que la estabilidad japonesa también se ha convertido en un asunto estratégico para Washington.

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