Moscú, 10 de octubre de 2025 — Tres años y siete meses después del inicio de la guerra de agresión contra Ucrania, el gobierno ruso ha presentado su nuevo presupuesto nacional, prometiendo “estabilidad y desarrollo”. Sin embargo, los datos revelan una realidad muy distinta: la población rusa está pagando el precio de una guerra que no muestra señales de terminar. El presupuesto aprobado por el Kremlin confirma que el gasto militar sigue siendo el eje central de la economía rusa, absorbiendo una parte cada vez mayor de los recursos del Estado.

Según cifras oficiales, más del 35 % del gasto público se destinará directamente a defensa, seguridad y operaciones militares en el extranjero. En comparación, los sectores de educación, salud e infraestructura reciben apenas una fracción de esos recursos. Mientras el gobierno de Vladimir Putin insiste en que el presupuesto “garantiza la estabilidad social y la seguridad nacional”, los expertos advierten que la economía rusa se encuentra en un punto de estancamiento estructural. La guerra prolongada, las sanciones internacionales y la fuga de talento han debilitado la inversión interna y disparado la inflación.

“Rusia ha transformado su economía en un sistema de guerra permanente”, señala la economista independiente Natalia Zubarevich. “El crecimiento del PIB está artificialmente sostenido por la producción militar, mientras los ingresos reales de los ciudadanos continúan cayendo.” En los últimos meses, el Kremlin ha anunciado nuevos aumentos de impuestos para financiar el esfuerzo bélico.

Empresas y trabajadores están siendo obligados a contribuir más al Estado, lo que ha generado malestar silencioso en sectores urbanos y productivos. Además, el gasto en programas sociales se ha reducido en términos reales, provocando un deterioro en la calidad de vida de millones de rusos. A pesar del discurso oficial de “resistencia económica”, los signos de agotamiento son evidentes. El rublo se mantiene débil frente al dólar, el costo de los alimentos básicos ha subido más de un 20 % en un año, y los salarios reales apenas compensan la inflación.

La situación en regiones alejadas de Moscú y San Petersburgo es todavía más crítica, con un aumento visible en la pobreza rural. Mientras tanto, el Kremlin continúa destinando miles de millones de rublos a la producción de tanques, misiles y municiones. En las fábricas del complejo militar-industrial, el trabajo es incesante, y las exportaciones de armas a países aliados se han convertido en una fuente clave de divisas para el régimen.

Los observadores internacionales coinciden en que este nuevo presupuesto consolida el viraje de Rusia hacia una “economía de guerra a largo plazo”, donde el poder militar prevalece sobre el bienestar civil. La población, por ahora, sigue soportando el peso de una política que prioriza la confrontación sobre el desarrollo.

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