Los ojos del mundo amanecieron este 3 de enero de 2026 puestos sobre Caracas. Durante meses, la tensión entre Estados Unidos y Venezuela fue creciendo entre amenazas, sanciones y un férreo bloqueo naval que anticipaba un desenlace mayor. Esta vez, las advertencias se materializaron. En la madrugada, intensos ataques aéreos sacudieron la capital venezolana, marcando un punto de quiebre histórico. Mientras desde Washington se habla de una operación quirúrgica contra el narcoterrorismo, en Venezuela el amanecer llegó envuelto en humo, miedo e incertidumbre.

Alrededor de las 2:00 de la mañana, una serie de explosiones estremeció distintos puntos de Caracas. Vecinos describieron detonaciones secuenciales que hicieron vibrar edificios y obligaron a miles de personas a abandonar sus hogares en medio del pánico. Las zonas cercanas al aeropuerto militar de La Carlota y los alrededores del Palacio de Miraflores fueron las más afectadas, lo que rápidamente alimentó versiones sobre un ataque dirigido al corazón del poder político y militar del país. Las redes sociales se inundaron de imágenes que mostraban aeronaves volando a baja altura, helicópteros sobrevolando sectores estratégicos y columnas de humo elevándose desde instalaciones militares. En cuestión de minutos, gran parte de la ciudad quedó sin electricidad, agravando el caos.

El gobierno venezolano reaccionó declarando el estado de emergencia nacional y denunciando lo que calificó como una “agresión imperialista”, mientras el paradero del presidente Nicolás Maduro se convertía en la principal incógnita de la jornada. La incertidumbre se profundizó cuando la vicepresidenta Delcy Rodríguez apareció en la televisión estatal exigiendo una “señal de vida” del mandatario y de su esposa, Cilia Flores. La ausencia de ambos, sin confirmación oficial durante varias horas, generó un vacío de poder inédito. En las calles, el desconcierto era total: algunos celebraban la posibilidad de un cambio político, otros temían un colapso institucional aún mayor.

Poco después, el relato dio un giro desde Estados Unidos. A las 4:30 de la madrugada, hora del Este, el presidente Donald Trump anunció públicamente que fuerzas especiales estadounidenses habían capturado a Nicolás Maduro en el marco de una “operación brillante”. Según sus declaraciones, el mandatario venezolano y su esposa habrían sido evacuados fuera del país bajo custodia, poniendo fin —al menos en lo formal— a un gobierno que Washington calificó reiteradamente como un régimen criminal.

Trump justificó la intervención como una acción necesaria contra lo que denominó un sistema de narcoterrorismo internacional. Desde su entorno se insistió en que no se trató de una guerra convencional, sino de una operación de aplicación de la ley a escala internacional, apoyada en inteligencia militar y agencias de seguridad. El presidente adelantó una conferencia de prensa desde Mar-a-Lago, mientras en Washington comenzaban a surgir cuestionamientos sobre la legalidad de la acción sin una declaración explícita de guerra por parte del Congreso. La Casa Blanca se apoya en dos argumentos centrales para defender la operación. Por un lado, la clasificación del gobierno venezolano como una estructura criminal vinculada al narcotráfico, lo que permitiría acciones directas bajo una lógica antiterrorista.

Por otro, el respaldo político indirecto obtenido en noviembre de 2025, cuando el Senado rechazó iniciativas que buscaban limitar la capacidad del Ejecutivo para actuar en Venezuela, otorgando a Trump un amplio margen de maniobra. En Venezuela, mientras tanto, la crisis humanitaria se profundizó. Una población golpeada por años de hiperinflación, escasez y pobreza extrema salió a las calles sin información clara y con temor a nuevos ataques. Hospitales funcionando con generadores, comunicaciones interrumpidas y fuerzas de seguridad desplegadas marcaron las primeras horas de un país paralizado, atrapado entre la expectativa de un cambio y el riesgo de un colapso total del orden interno.

La reacción internacional no tardó en llegar y dejó en evidencia un mundo dividido. Algunos aliados de Estados Unidos hablaron de una oportunidad histórica para la transición política, mientras Rusia y China advirtieron sobre una desestabilización peligrosa para toda la región. Desde América Latina, voces como la de la presidenta mexicana Claudia Sheinbaum pidieron el cese inmediato de la violencia. En medio de este escenario, Venezuela entra en una de las jornadas más decisivas de su historia reciente, con un futuro aún completamente abierto.

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